De repente, me convertí en nido.


Una mañana de viernes, desperté y supe que algo había cambiado. Un sentimiento primitivo me invadió, un sentimiento de nido, de conexión. Sentí una mezcla de ilusión y miedos, de pasión y de desconocimiento. 
No tenía ni idea de que hacía 7 semanas que ya no estaba sola, de que albergaba los latidos de otro corazón en mi interior. 
Durante una semana vivimos inmersos en una atmósfera de pura felicidad, pero todo cambió tan rápido… a penas tuvimos tiempo de saborearlo, de compartirlo con las personas que más queriamos. La OMS comenzaba a salir a diario en las noticias, se rumoreaba que las cosas se estaban poniendo negras. La palabra “pandemia” sonaba demasiado terrorífica para una persona que acababa de descubrir que iba a ser madre. 
Que mundo más incierto te esperaba, bebé. 
Pero no todo iba a ser tan malo, ¿verdad? Empecé a medir el tiempo en semanas y trimestres, a ver crecer mi vientre, a disfrutar las horas tomando el sol y de la compañía de tu padre. No teníamos prisa, nada que hacer, solo esperarte. 
Durante el parto, aprendí a reinventar los esquemas de mi cuerpo, a conectar con mi útero y a sentirlo aquí dentro. Fueron muchas horas, que se convirtieron en días de contracciones incesantes. Navegábamos en ellas los tres juntos, acercándonos cada vez más al momento en el que estarías en nuestros brazos. 
El 24 de octubre a las 20:005 respiraste por primera vez. 
Eres nuestra pequeña gran revolución, y el mundo, por incierto que sea, está aquí para que lo disfrutes. Para que hagas de él, un lugar mejor.

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