Relato de nacimiento, mamá empoderada, acompañada, respetada.

Un 5 de enero, como regalito de reyes, ahí estaba el segundo test positivo de mi vida, mi niña arcoíris. El embarazo fue bastante extraño. Por un lado no me lo podía creer, no podía permitirme el lujo de hacerme ilusiones, por otro lado, en el colegio pillé, sin darme cuenta, el parvovirus, que en un embarazo puede ser grave. Y por último, nos confinaron. Había mucha incertidumbre y mucho miedo y yo sólo pensaba en que no me gustaba el mundo al que te iba a traer, que para ti quería algo mucho mejor…

Pasaron los meses, el verano y una mañana de primeros de septiembre me desperté con un dolor, fui al baño y vi lo que parecía ser el tapón mucoso, esta vez no me preocupé, sabía lo que iba a pasar. ¡Qué importante fue estar informada!

Esa mañana la pasé con una de tus tías postizas, nos fuimos a dar un paseo y rápidamente se hizo la hora de comer y papá llegó de trabajar. Comimos y nos fuimos a dormir la siesta. ¡Qué siesta! Cada diez o quince minutos notaba unos dolores que todavía no pensaba que fueran contracciones, pero sí lo eran. Intenté descansar pero sin éxito, pronto me di cuenta que estar tumbada o sentada en la pelota no me resultaba cómodo.

En las clases de “Prepara tu pelvis para el parto” nos dijeron cómo mover las piernas en las contracciones durante el inicio del parto. ¡Esa fue mi salvación! Moviendo las piernas de un lado a otro y, aunque a papá le hacía mucha gracia, las contracciones se hacían más llevaderas.https://mimandoamama.es/preparacion-fisica-al-parto-online/

Amigas mías me habían aconsejado que debía aguantar lo máximo que pudiera en casa, y como me daba mucho miedo que el parto se parara al llegar al hospital estuve aguantando unas cuantas horas.

Recuerdo que incluso intenté cenar, me costó por lo menos una hora tomarme aquel yogur con manzana, nueces y avena. Mientras tanto, en cada contracción, me repetía en voz alta frases como “esto tiene un inicio, un pico de intensidad y un final”, “cada vez estamos más cerca”, “vamos pequeña, que nos vamos a conocer pronto”.

Cuando llegamos al hospital y me miraron me dijeron que estaba de 6 cm. Repetidas veces me preguntaron si quería la epidural, imagino que me quejaba con las contracciones, ya no lo recuerdo. Dije que en ese momento no quería, y que si me veía mal ya lo pediría. No sé cómo fue, pero en ningún momento durante el parto me acordé de aquella posibilidad. Sinceramente, te quería sentir, quería ser capaz de ayudarte a encontrar el camino.

En las primeras contracciones que tuve en el hospital no quise tumbarme así que las pasaba de pie. De repente noté cómo te encajabas y ahí empezó el baile. Con cada contracción me agarraba al pantalón de papá y a la barra que había a los pies de la cama. Pronto empecé a notar que tenía ganas de empujar y en una de esas contracciones ¡chof! la bolsa se rompió y yo sólo podía decir ¡qué sensación! Tenía mucha sed y mucho calor, me acuerdo que me tiré el agua que quedaba en la botella, me sentía salvaje y que podía hacer todo lo que quisiera y así hice.

Después de varias contracciones en cuclillas me recomendaron ponerme en cuadrupedia. Le dije a la matrona que me parecía una buena idea pero que no sabía si llegaría a poder subirme a la cama. Finalmente lo hice y tras cada contracción descansaba en la posición que había practicado en yoga. Cuando ya vieron que iba a dar a luz en esa misma habitación me volvieron a recomendar otro cambio de posición. Me dijeron que me tumbara de lado agarrándome la rodilla, de nuevo una postura que me recordaba a un ejercicio que hacíamos en las clases.

Y así, entre pujo y pujo, me dijeron que la cabecita ya estaba saliendo y que si quería tocarla. Recuerdo esa sensación tan alucinante, no me podía creer que después de todo te iba a tener entre mis brazos. Ahí es cuando sentí que me había convertido en mamá y que mi bebé estaba muy cerca. No recuerdo cuántas contracciones vinieron después, sólo recuerdo notar el famoso aro de fuego y que tras empujar un poco más me dijeron “ya está ahí, cógela”.Fue un parto súper respetado, sin prisas, a mi aire, escuchando mi música favorita, haciendo prácticamente lo que me apetecía. También pedí que esperaran a que dejara de latir el cordón y mientras nos dijeron que lo tocáramos para notar cómo latía e incluso papá lo pudo cortar. Para redondear la experiencia más importante e intensa de mi vida, papá plasmó en un papel y de la mejor manera que supo tu placenta, aquella que te había albergado y alimentado durante estas 39 semanas.

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